
Vamos de a poco con este, porque bien fácil y antes que pronto podemos caer en la confusión y en las imprecisiones.
La partida de nacimiento, del 20 de octubre de 1965 en el poblado de La Dulce, provincia de Buenos Aires, dice bien claro ese nombre: Mario Alejandro Fabiani.
Pero luego, en la primera foto que se conserva de su jardín de infantes o parvulario, en la sala de tres años, aparece con el nombre de Jorge Alejandro Jung. En la foto de sala de cuatro ostenta el patricio nombre de Mariano Molina Zavalía y en la de cinco es Gustavo Enrique Castellucci. Referencias posteriores nos hacen saber que no respondía a otro nombre que aquel que llevaba encima en el momento. Se ignora además el proceso de elección de sus distintas identidades.
En cada año de su educación adoptó un nombre distinto. He aquí un pequeño puñado de ejemplos: Martín Sebastián Pollán, Santiago Martín Choperena, Jorge Sicardi, Santiago Schere, Juan Javier Esteban, César Osvaldo Cajaravilla, Luciano Knörr.
Cuando era Alexis Fischman salía a navegar, si jugaba al fútbol de defensor era Julián María Ricomagno, si era mediocampista se hacía llamar Marcelo Laserna y adelante era Augusto Di Fiori. Como arquero, posición en la que daba muchas ventajas, fue Mariano Abad. Ahora bien, jugó un tiempo al rugby llamándose Paco Zanetta. Quizás a la mañana jugaba al fútbol con un nombre y a la tarde al rugby con el otro, mientras que en el colegio usaba otro. En bicicleta no saludaba si no le decían Oscar Zugazúa.
Tuvo un programa de radio en Pinamar durante un invierno que juntó dinero para causas solidarias. Allí se llamó Pablo Bricker.
Si salía a comprar ropa, por ejemplo, era Adrián Menéndez, y si salía a comprar música era Dieguito Castellón, así en diminutivo.
Cuando iba a los bailes era Daniel Mastrillo, y durante un tiempo trabajó en una librería en Mar del Plata con el nombre de Marcelo Escalada.
Y se licenció en marketing, según reza el diploma, como Sergio Gustavo Tristán.
Cocinando era Armando Cocina. Pero haciendo asado adoptaba muchos otros nombres: cuando usaba parrilla era Josecito Díaz, si era costillar al asador se llamaba Gonzalo Hernandez, si era cordero al asador era Leandro Lombardi, si era lechón al asador cambiaba a Sebastián Sánchez.
Haciendo negocios, se llamaba Gustavo Romero.
Viajando era José María González.
Se casó, esta vez sí con su nombre original y tuvo cinco hijos: Jerónimo, Violeta, Lautaro, Azucena y Octavio, pero aquí volvieron a tallar los nombres, ya que cada uno debía llamarlo de una manera diferente, aunque también respondía al vínculo, o sea “Papá”.
No profesó religiones, creía que los fanatismos dividían poniendo demasiados nombres a la misma cosa.
Sus familiares y amigos tomaron estas conductas como excentricidades propias de su buen y extraño sentido del humor. En cada nombre encontraba una manera de ser, acaso una diferencia ínfima con las demás, que lo convertía en esa otra persona que decía ser.
En la vejez, cuando se dedicó a escribir la historia de su familia y de todos sus nombres, firmó como Marcelino Iriani o Irianni, según el día.
Fue buen padre, buen esposo, buen amigo, buen profesional, buen deportista. Fue bueno.
Cuando murió, a los 85 años, la sección de necrológicas del diario La Nación llenó 3 páginas con avisos para la multitud de personas que había sido.