
A mediados del siglo XIX, un asesinato conmovió al mundo de la literatura en la Inglaterra victoriana: el de Alfred Nicomaccus Robinson.
El hecho, que todo Londres pudo apreciar, se produjo el 12 de octubre de 1881 en la misma habitación en la que Robinson juró amor eterno a su prima Magdalene, y fue cometido por Jeeves Butler Druitt, el mayordomo de la mansión Edgware, a la que el infortunado Alfred había visitado por el fin de semana.
Los Edgware habían sido salvados por Robinson de unos ladrones, junto con unos vecinos, los Faithfull, que también habían sido rescatados por Robinson de una jauría de lobos hambrientos una noche en Exeter, habían organizado una recepción para el modesto héroe, a la que también había asistido los Crompton, los Ashbury y los Barbican, todos y cada uno agradecidos por alguna acción arrojada y valerosa de Mr. Robinson.
Magdalene Cornwall Robinson, su prima amada, estaba allí también, ansiosa por aceptar la propuesta que de seguro le haría Alfred, de continuar la vida juntos e irse a vivir al pequeño cottage que habían adquirido poco tiempo atrás en Norwich.
Y en este momento cúlmine de su vida, cuando se estaba realizando sus últimos afeites en la soledad de su cuarto y se aprestaba a bajar la escalera rumbo a la felicidad definitiva, no va que Jeeves sale de atrás de una gruesa cortina de pana verde y “stab! stab! stab!” apuñala a Alfred Nicomaccus Robinson de una manera tan totalmente gratuita y sin sentido, que ninguno de los lectores del folletín por entregas dominical del Times pudo digerir, ni entender, ni aceptar.
El héroe impoluto, intachable, inmaculado, que hacía suspirar a las muchachas y enorgullecer a las madres, el modelo de hombre valiente que había sido propuesto por la Reina Victoria como ejemplo a seguir, como espejo a imitar, había sido brutalmente destrozado por el hierro infecto de un vulgar sirviente.
Hordas de lectores enfurecidos se dirigieron a Printing House Square, EC4, las oficinas del diario, a reclamar justicia, pero allí se encontraron con el personal y la cúpula directiva del periódico listos para salir hacia la casa del autor a pedirle explicaciones.
Marcharon juntos hacia el número 12 de Westbourne Terrace en Paddington. En el camino se les fueron uniendo una comisión de urgencia designada en la cámara de los lords para lidiar con este caso y un grupo de enardecidos oradores que ese domingo habían colmado el célebre Speaker´s corner en el Hyde Park, diciendo las atrocidades permitidas hacia la reina (que eran bien pocas) y descargando toda su ira contenida contra Elmore Woodhall, el oscuro autor del folletín por entregas “Un orgullo británico”.
Llegó la turba a las puertas mismas de la morada del señor Woodhall, una puerta más, alineada en una calle llena de puertas intrascendentes.
De la casa emergió un viejecito de lacia barba blanca quien, ayudado por un bastón también blanco, se abrió paso entre las gentes diciéndoles : “El señor Woodhall estará con ustedes en unos instantes, está redactando una declaración en la que les explicará el por qué de su decisión y el inmenso placer que le causó esta muerte”. Y dicho esto, se fue tranquilamente por la calle tanteándolo todo a su paso.
Mientras el hombre se perdía de vista, los líderes de la revuelta discutían si entraban o no por la fuerza. Hasta que por la ventana superior de la casa comenzaron a salir algunas bocanadas de humo. Apurados por esta señal, los unos con intenciones heroicas, los otros no, irrumpieron cuantos pudieron en la casa. Se encontraron con un espectáculo que las llamas no alcanzaban a cubrir: sobre la mesa, clavada con un puñal encabado en marfil, una nota de trazos violentos que decían: “Por fin has muerto, Robinson maldito”, además de recortes en las paredes de noticias de hechos sociales, dibujos de mujeres desnudas y de aristócratas a su lado, dibujos obscenos y otros, perturbadoramente realistas, de gente siendo asesinada, incluso niños.
Y algunos disfraces: de bufón, de beefeater, de mendigo, de policía, de clérigo.
Entonces cayeron en la cuenta de que el viejo ciego no era tal, pero ya había desaparecido. Y la gente del diario reconoció que no conocía a Woodhall, sino a su ama de llaves que entregaba los originales y retiraba la paga, pero con gran sorpresa descubrieron entre los disfraces las ropas que siempre portaba la, hasta ese momento, mujer.
Creemos que Woodhall, o como quiera que se haya llamado, volvió a cometer crímenes en apariencia gratuitos, sin el menor fundamento artístico y sin intenciones de dejar una enseñanza, en las zonas de Whitechapel, Spitalfields, Aldgate, y en la misma Londres. Pero esta vez la gente y Scotland Yard lo bautizaron de una manera más célebre y descriptiva: “Jack the Ripper”.
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