En efecto, luego de 6 horas de masajes estratégicos, perfumes y aceites aplicados con suavidad y dulzura por todo el cuerpo, luces tenues tonalizadas, una música apenas si leve, varias caricias hechas con plumas de garza real azul y acercamientos energéticos entre ella y su festejante, el ecuatoriano Rosnaldo Boisselier, bioquímico y poeta, y luego de una apacible y muy, pero muy muy lenta unión sexual, todo esto acaecido el 23 de enero de 2001, experimentó un orgasmo definitivo que sostiene hasta hoy, 11 de mayo de 2005.
Pramendam continúa con su vida, pero su grado de concentración en las tareas diarias ha decrecido notoriamente, por eso ha debido recurrir a la licencia laboral. Rosnaldo, devenido en novio, la ayuda en tareas tan simples como atarse los cordones de las zapatillas, ya que agacharse la sume en unos espasmos de gloria tan intensos que la desvían de todo propósito inicial.
La ciencia trata de encontrar una explicación psicológica para este comportamiento, pero Pramendam sostiene que lo que ella saborea en todo momento no es invento o ilusión, “es un carnaval de mi espíritu y de mi cuerpo, es mi humilde ofrenda de felicidad a mis dioses”.
Dentro de nuestra cultura, en la que el placer, cualquiera sea su clase, ha sido tácitamente declarado enemigo público de la moral, y sinónimo de flojedera espiritual bajo sospecha de conducta pecaminosa, Pramendam digamos que asusta, que descoloca.
Pero piénsenlo un rato, señores y señoras guardianes, qué bueno sería.
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