Nacido en la localidad bonaerense de Tapalqué en 1967, el profesor de la Universidad de Heidelberg Carlos Garatussi se ha encaramado en el horizonte semiológico como un referente en el tema "Campo y signo".
Varios "papers" de amplia difusión en las más prestigiosas universidades europeas lo han vuelto una suerte de star de la ciencia de los símbolos y de los mensajes ocultos en la atomización de la realidad.
Hijo de un chacarero argentino propietario de una modesta extensión de tierra de buena calidad para la agricultura, Carlos Garatussi vio nacer su vocación cuando un par de cosechas adversas comprometió el bienestar económico de su familia a finales de la década del 70.
Renuente a dar crédito a la sabiduría popular sobre el pronóstico del tiempo; definitivamente desconfiado del Servicio Meteorológico Nacional en la época del gobierno militar de Argentina en esos años, y dotado de un inquieto espíritu científico, comenzó a tabular todo tipo de datos que recogía en el campo, con la intención de integrarlos en algún tipo de matriz que produjera resultados mensurables. Se aplicó al estudio del comportamiento de las hormigas, de la distribución de los huevos de las gallinas en los corrales, en la dirección que tomaban las ovejas para pastar, en cómo las vacas buscaban la sombra y a qué hora, en los tamaños de los brotes de un álamo plateado que tenían detrás de la casa, en la cantidad de perdices o martinetas que veía cuando realizaba un recorrido preestablecido por los distintos potreros del campo, y los cruzaba con los datos climatológicos que el día a día le proporcionaba. Tenía en ese entonces 11 años.
Su razonamiento era que la Naturaleza imprimía su influencia y sus decisiones en todo su sistema vital. Y casi todo el sistema natural, menos el hombre, tenía antenas para captar los mensajes de la naturaleza. Decía que una tormenta fuerte que se produjera en Brasil era notada por un chancho en Junín, que le inducía una conducta determinada correspondiente a su innata búsqueda de seguridad, quizás comiendo un bocado más, quizás guardándose al fondo del chiquero. Microconductas relacionadas a la Naturaleza que millones de años de evolución intelectual habían desarticulado en el espíritu humano. Y, como un buzo de profundidades extremas, se dio la a la tarea de desentrañar el amplísimo corpus simbológico de la Naturaleza en el espacio delimitado por su campo.
Su lema fue, y sigue siendo, "Omnia in omnibus", "Todo está en todo".
Garatussi nunca miró hacia arriba, más que para seguir el vuelo de un pájaro o para controlar las ramas de un árbol. No sabe distinguir un cumulus nimbus de un cirrus. No entiende la mecánica de los anticiclones ni conoce las isobaras. Mira hacia abajo, rastrea signos infinitesimales entre el pasto, en los árboles, en el plumaje de un carancho, en las tortas de bosta de las vacas, en las horas que cantan las ranas y revolotean los murciélagos. En cosas que casi todos pasamos por alto.
Pero los errores de sus pronósticos del tiempo no difieren significativamente de los generados por inmensas supercomputadoras que procesan millones de datos por segundo extraídos de las más diversas partes del mundo. Es más, son un 3,24% más precisos.
Su método es más lento, movido por el ethos antiguo de una ciencia obsoleta, pero no por eso menos conmovedora.
Y ahí anda por Heidelberg, en bombachas batarazas y alpargatas, mirando ramitas alemanas y siguiendo bichos extraños, anotando, pensando, concluyendo y asombrando.
Wednesday, 7 November 2012
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment