Thursday, 15 November 2012

El sistema monetario de Brvenica (1919-1936)

Durante los años que transcurrieron entre las dos grandes guerras del siglo XX, se llevó a cabo en una pequeña región de Macedonia una experiencia económica sin precedentes.
En la zona de Brvenica, preponderantemente agrícola, se tomaron como muestra las poblaciones de Gostivar, Chegrane, Volkovija, Stence, Blace, Miletino y Tetovo (esta última a modo de ciudad "extranjera", ya que pertenece a otra zona, llamada también Tetovo) y se procedió a aplicar una política monetarista que prometía ser revolucionaria.
Se dice que los más grandes cerebros de la época, (Keynes, Russell, Ramanujan, Wittgenstein, entre otros), participaron en la construcción de la base teórica de lo que se conoció como Moneyspin al comienzo y Moneywreck sobre su final.
La idea era construir un sistema enteramente económico que prescindiera de la política para la organización social. Comenzó como un juego intra académico de intelectuales más preocupados por mostrarse ingeniosos que por perseguir un verdadero propósito altruista, pero se fue extendiendo como una posibilidad real y de repente sintieron que la revolución monetaria era posible.
Entre 1919 y 1927, desarrollados por pensadores quizás entusiasmados por la falsa esperanza que encendió el octubre ruso, se fueron articulando y discutiendo diversos modelos teóricos para aplicar en alguna región del mundo (llevaban la implícita intención de extenderlo a todo el planeta) con el objeto de nunca más llegar a una guerra como la que habían pasado en Europa. Temían otro suceso que marcara una nueva cima en el desatino humano.
En setiembre de 1927 se comenzó a instruir a la población de la citada región sobre el nuevo sistema que sobrevendría a fin de agilizar la transición y pulir las naturales resistencias.
El primer "salto de fe" sería el cambio en el denominador del valor de los billetes. Ya no tendrían números, sino letras o combinaciones de letras. Y distintos colores. El dinero, adentrémonos en el concepto, no se contaría, sino que asumiría un valor relativo que sería regulado por el Estado.
Cada día a las 8 de la mañana se daría un comunicado informando el valor de cada letra y color. La idea madre era ir armonizando los desequilibrios sociales acomodando el valor de la moneda según su circulación o sus tenedores.
Se categorizaría asimismo a los habitantes según sus posibilidades económicas y cada billete valdría distinto para cada categoría social. La intención primaria siempre fue tratar de beneficiar a los menos favorecidos, de cubrir necesidades básicas y premiar habilidades particulares, sin despertar la ira y la desconfianza de los más poderosos, de que no sintieran que se estaba cometiendo una injusticia con ellos.
Cada ciudadano recibió un instructivo para el uso del dinero. Se trataba de un folleto de 120 páginas en el que se describían los modos de uso del dinero y la categorización social (quizá este punto fue el más controversial, ya que mucha gente no quería explicitar sus verdaderas posibilidades económicas por temor al descrédito social y otras, menos escrupulosas, se presentaban como poco pudientes con el fin de obtener mejores ventajas monetarias).
Lo cierto es que el convencimiento y la instrucción de la población demandó una tarea de 7 años (todo solventado económicamente por la entonces existente Liga de las Naciones). Se imprimió y acuñó dinero suficiente como para sostener las demandas monetarias de la región y en diciembre de 1934 se realizó el canje de la existencia de la moneda de curso legal vigente por las nuevas divisas.
El 1 de enero de 1935 comenzó la experiencia cuando el hacendado Milos Deuteris compró leche y pagó con 1 billete A naranja y recibió de vuelto 2 monedas, una H y una Hb.
No es intención de este cronista hacer un relevamiento completo de la actividad económica con el nuevo sistema, pero baste decir que tuvo un comienzo promisorio que entusiasmó a la población, a los entes recaudadores de impuestos y sobre todo, a los bancos, los verdaderos decisores de los destinos del dinero en el mundo.
Pero a los pocos meses, las cosas comenzaron a tornarse raras y una extraña mezcla de inflación/deflación recorría todo el sistema mientras los dineros cambiaban de mano y de valores. Se daba el caso de aumentos por la mañana y bajas por la tarde, o cambios del rumbo del valor de una letra a lo largo del día o colores que perdían todo su valor una semana y a la otra llegaban a cotizaciones inauditas (a este "color affaire" se lo llamó "la incidencia de la moda sobre el monetarismo", ya que en octubre de 1935 el violeta fue declarado color de la temporada y los valores de ese billete fueron catapultados a máximos históricos). 
La gente comenzó a marearse ante las variaciones, o más bien timonazos, del sistema y el bien más preciado de toda economía se fue por las tuberías: la confianza.
Poco se sabe del naufragio del sistema, porque los documentos, los billetes, la bibliografía y todo lo concerniente a este episodio histórico, que pudiera ser quemado, fue quemado. Solo se rescatan testimonios de descendientes de aquellos conejillos de indias que nunca hablaron pues fueron obligados a firmar un tremendamente amenazante acuerdo de confidencialidad, claro que compensado con una cuantiosa indemnización.
La esperanza en un modelo económico-matemático se deshizo en aquella pequeña comarca macedonia, y sus mentores nunca lo mencionaron, acaso por creerlo una tacha en su legajo.
Pero nos llegan ecos a través de bisnietos de aquellas gentes, quizás sobredimensionados por la nostalgia, por la siempre acuciante y engañera sensación de paraísos perdidos, que nos hablan de felicidad por la temporal igualdad de oportunidades del que no tenía una buena capacidad económica, pero sí una buena capacidad de trabajo o intelectual sin menosprecio del que ya poseía una buena posición socioeconómica. Dicen que se trabajaba muchísimo en señalar a la codicia como "el veneno que mata a las buenas sociedades" y que esa felicidad se tradujo en un gran aumento en la tasa de nacimientos.
"La felicidad es medible" era una de las bases ideológicas. Los detractores argumentaban que la miseria y la desgracia también son medibles.
Pero la gente de Brvenica sabía que concentrarse en algo que los encaminara a la felicidad valía más la pena. Aunque luego no resultara. Aunque hubiera que salir a buscar nuevos caminos.

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