Atwater, Streatfield & Witts – Utensilios domésticos
En
la villa de Boddington, cerca de Knightsbridge, se levanta esta fábrica cuasi
victoriana de elementos de cocina. Los documentos no dejan en claro si fue
fundada el 5 o el 6 de julio de 1898 por Vera Atwater, Beatrix Streatfield y
Priscilla Witts. Lo que fue puesto bien en claro en letras de caligrafía
perfecta fue el motto del emprendimiento “We deserve the best” (“Nos merecemos lo
mejor”), frase que hoy nos deja un sabor a inocencia y candidez, si tenemos en
cuenta que estas tres mujeres fabricaban solamente licuadoras, picadoras,
batidoras y planchas.
Pero
no cualquier tipo de licuadoras, picadoras, batidoras y planchas.
Eran
lisa y llanamente las mejores del mundo en su categoría.
Cada
producto que salía de la línea de producción era firmado por el responsable del
ensamblado, y era numerado y anotado en un registro que contenía fechas,
partidas de proveedores, nombre y dirección del cliente al que era enviado, y
sello final de aprobación de las tres mujeres, que supervisaban hasta el último
detalle de sus creaciones. Todo esto constaba en una chapita que se adosaba a
cada aparato terminado. Se entregaba asimismo un certificado de autenticidad,
que servía de garantía de por vida al producto.
Se
seleccionaban materiales de primerísima calidad, que respondieran a los
altísimos standards de las empresarias. Por ejemplo, los mangos de las
planchas, batidoras y licuadoras, eran de ébano, roble de Eslavonia o cerezo
japonés. Para los cables solo se aceptaba cobre chileno. Y el acero, a pesar de
la desazón y las protestas de las acerías de Sheffield, era traído de la ciudad
alemana de Solingen.
El
servicio técnico (que casi no tenía trabajo, ya que estos aparatos eran
mecánicos. La plancha era a carbón, por ejemplo) en los escasísimos casos de
desperfectos que era requerido, se desplazaba hasta la casa del cliente en
carruajes de lujo, no importando en qué lugar de Gran Bretaña se encontrara y
le entregaba un producto nuevo junto a una carta de disculpas firmada de puño y
letra por Vera, Beatrix y Priscilla.
La
clientela, que accedía al exclusivo catálogo de venta directa de Atwater,
Streatfield & Witts,
de más está decirlo, pertenecía a la más rancia aristocracia o a la alta
burguesía devenida rica y ostentosa por los beneficios que a esta clase reportó
la revolución industrial. Y dentro de ese ambiente, AS&W formaba parte del
ideal de refinamiento y pertenencia. Fue por eso que el negocio floreció de
manera primaveral en sus primeros años. Llegaban pedidos desde todos lados del
mundo. Pero la distribución se limitó siempre a la isla de Gran Bretaña. Ni
siquiera llevaron sus productos a Irlanda. Beatrix Atwater, en un breve
reportaje para The Times, al ser preguntada sobre los límites geográficos de la
entrega de sus productos, daba unas precisiones contundentes: “Never to the
Continent. And not even in our worst nightmares to America”. “Nunca
al Continente (Europa). Y ni aún en nuestras peores pesadilla a América.”
La primera guerra mundial, que trajo aparejada una
gran escasez de materiales, altos costos de producción y dificultad para
encontrar mano de obra, junto a una lábil política de comercialización y a una
suicida obstinación de seguir fabricando artículos que prescindan de la
electricidad, llevaron a Atwater, Streatfield & Witts casi hasta la
desaparición.
Luego de la Gran Guerra sobrevivieron algunos años,
pero todo había cambiado.
En los locos años 20 nadie quería mostrar que tenía la
mejor batidora. Lo que todos deseaban era el automóvil. Y en Inglaterra sabían
cómo hacer un auto que fuera deseado por todo el mundo. Un auto exclusivo, de
altísima gama, firmado por sus responsables, que hiciera sentir a sus
tripulantes como a reyes.
Claro, el ejemplo, el camino a seguir lo había dado
una pequeña fábrica de utensilios de cocina al oeste de Londres, donde tres
mujeres habían sentado sus principios de calidad.
Hoy, las casas de anticuarios, o los grandes
subastadores internacionales, se emocionan cada vez que un Atwater, Streatfield
& Witts sale a la luz.
Estamos todos locos.

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