Tuesday, 12 February 2013
Las cuerdas vocales de San Beniamino
En un oscuro relicario, que recorrió Europa durante gran parte de los siglos XIV al XVII y que hoy se encuentra en una cámara secreta de la catedral de St. Castor en la Place aux Herbes de Nimes, al sur de Francia, podremos ver (si contamos con las influencias adecuadas que nos abran puertas que están vedadas a casi toda la humanidad) las reliquias más sorprendentemente milagrosas del cristianismo. Y también una de las menos tenidas en cuenta por la iglesia a la hora de exponer sus pruebas terrenas del poder divino: las asombrosas cuerdas vocales de San Beniamino di Bagnolo in Piemonte.
Este habitante olvidado del santoral tuvo una vida del todo mediocre, un tanto impía y licenciosa, hasta que la Peste Negra lo sumó a sus guarismos fatales en el verano del año 1352. Fue entonces, mientras en un carro era conducido hacia un pozo anónimo o hacia una hoguera, cuando se hizo el milagro: con una voz grave y afinada que nunca había tenido en vida comenzó a cantar. El carretero, asustado, lo bajó del carro de los muertos y lo dejó tirado a un costado del camino, en donde el calor del estío y la descomposición hicieron su nada sutil trabajo de deshacerlo. Pero sus cuerdas vocales permanecieron incorruptas, animadas incluso por un hálito de vida del todo ultraterreno o divino.
Recogidas por un cura lugareño, fueron guardadas en una especie de farol, en lo que sería el candelabro interior, desde donde han estado hablando casi sin parar desde entonces. En 1746 fueron llevadas al Vaticano donde, tras un cortísimo proceso de canonización, el papa Benedicto XIV ordenó con una bula la prohibición eterna de dejar entrar a las cuerdas vocales de San Beniamino en territorio papal, incluso con la recomendación de extender la prohibición a toda Italia.
Por eso terminó en Francia, ya que el temor de Dios impidió a los hombres de Roma destruir esa prueba fehaciente de que el Todopoderoso obra cosas que desbordan a la mente humana . Nadie se atrevía a desafiar la voluntad Superior que insuflaba vida en la carne muerta.
Porque la verdad es que las cuerdas son insoportables de oir, por las banalidades, cursilerías, malos chistes, quejas, obscenidades, idioteces lisas y llanas, datos falsos, obviedades y mentiras que dicen. Hacen interpretaciones de la Biblia de lo más caprichosas y sin el menor criterio teológico. Hablan todo el tiempo de partes pudendas femeninas. Insultan a los clérigos, hablan pestes de los papas e injurian a los demás santos.
Entre 1872 y 1907 se sumieron en un silencio profundo, que solo se rompía cuando, seguro de la desactivación total, el párroco de turno se disponía a destruirlas. Entonces decían cosas tales como: "¿Qué hacemos?", "¿Estás muy seguro, curita, de lo que estás por hacer?", "Sí, vos tirame al fuego, que tu infierno queda justo para ese lado", o "¿Le preguntaste a Dios si lo que vas a hacer está bien?".
Poco correctas para los criterios vaticanos, no como la indiscutida y silenciosa sangre de San Genaro, que en setiembre y en mayo se licúa y bien callada que se queda, las cuerdas de San Beniamino, en apariencia, representan una amenaza para el aparato católico. La misión de la catedral de Nimes es esconderlas por el bien de la Iglesia. Han sido tan bien clausuradas a los ojos del vulgo, que ha comenzado a dudarse de su existencia.
El presbítero Marcel Brodignac, de Pomerol en Aquitania, durante los comienzos del siglo XX intentó, sin éxito, proponer un modelo oriental de Dios para explicar el extraño fenómeno, el milagro. Dice que en esas parrafadas de obscenidades y vulgaridad se manifiesta el espíritu divino para decirnos que "cualquier cosa que digamos, desde la loa más inspirada y mística, hasta la idiotez más grande, pasando por el insulto o la blasfemia, sirve para a alabar la Creación" y que "a los ojos del Supremo, no hay crimen que no vaya a ser perdonado, porque a la misericordia divina no es posible entenderla con un alma humana, la misericordia divina, a los ojos del hombre, puede llegar a parecer injusticia un montón de veces".
También dice que, cada tanto, las cuerdas se cuentan unos chistes buenísimos.
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